P. José Mª Domènech SDB
CICLO A – TIEMPO ORDINARIO - DOMINGO XIII - SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Dt. 8, 2-3.14b-16a: "Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios te hizo recorrer por el desierto… Allí Él… te puso a prueba para conocer el fondo de tu corazón… te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná… para enseñarte que no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No olvides al Señor que te hizo salir de Egipto… que, en esta tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca, y en el desierto te alimentó con el maná…"
Sal. 147: "Glorifica al Señor, Jerusalén".
1Cor. 10, 16-17: "La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de este único pan".
Jn. 6, 51-58: "Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Los judíos discutían… Jesús siguió diciendo: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en Uds. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día… Porque mi carne es verdadera comida y mi sangra verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él. Así como Yo… vivo por el Padre, de la misma manera el que me come vivirá por Mí…".
En nuestra vida la presencia de Dios es real y concreta, pero no siempre la percibimos porque o no tenemos todos los “sentidos” adiestrados para percibirlo o porque no estamos atentos. Quien vive distraído, centrado en otras cosas, no ve a Dios, aunque esté ahí. Esto trae muchas consecuencias personales, familiares y, por tanto, sociales. Muchos contemporáneos no vieron en Jesús la presencia de Dios; otros sí, se gozaron y nos lo transmitieron.
La presencia o es total o no es del todo real. ¿Cómo es la nuestra ante los que nos rodean y ante Dios? La de Dios es total y constantemente centrada en nosotros para llenarnos de Vida.
La presencia de Cristo entre nosotros es múltiple: en la Comunidad, su Cuerpo Místico; en la persona del sacerdote que preside la celebración de los sacramentos y predica; en la vida del creyente y, sobre todo, en la Eucaristía, entregado para el alimento de la Fe de la Iglesia.
Pero para que tanta cercanía y regalo del “Dios-con-nosotros” dé su fruto en nosotros, es indispensable que lo aceptemos, le escuchemos con docilidad y lo recibamos en nuestra vida.
Dios nunca abandona: es el ‘Dios-con-nosotros’ para saciar nuestra hambre y nuestra sed
El pueblo de Dios, si quiere vivir en la Vida de Dios, que supera todas sus posibilidades, debe reconocer, aceptar y vivir totalmente en libre apertura a Dios. Él es quien le alimenta.
Debemos descubrir que sólo atentos y dóciles a su Palabra, gozaremos el don de su Vida.
Comulgar del don Eucarístico de Dios en Cristo es hacerse un cuerpo con Él y asumir su Vida
‘Beber la sangre’ era tomar, para uno mismo, la vida de un ser y, por eso, la ley lo prohibía; pero es Jesús quien entrega y ofrece su vida para la Vida Eterna de todos nosotros. El cuerpo designaba toda la persona y Jesús se ofrece como alimento para que seamos uno con Él.
Los cristianos, en actitud de creyente y humilde obediencia, tomamos en serio la voluntad de entrega eucarística de Jesús y, comulgando, la hacemos nuestra, expresándolo con el claro y explícito “Amén”, y, con la fuerza del alimento del mismo Cristo, la vivimos para bien de todos.
Cristo es el verdadero Pan de Dios: alimento de Vida Eterna, real y concreto, como su persona
Cristo se entregó a sí mismo no sólo en la predicación, ni solo en la cruz, sino que quiso entregarse como pan verdadero para que tengamos Vida Eterna, su Vida, la del mismo Dios.
No es un símbolo, sino un sacramento: don real y concreto que hace realidad lo que dice hacer. “Es mi Cuerpo”… y lo empieza a ser; “es… mi Sangre”, y lo empieza a ser de verdad. Y en cada uno de ellos, está Él en persona, todo entero, mientras ‘se vean pan y vino’.
Pidamos a María aceptar, en la Eucaristía, al real y concreto Maestro-Señor que nos enseña y alimenta para que vivamos en Comunión y seamos, entre todos, como Él, su presencia.
