P. José Mª Domènech SDB
CICLO A – TIEMPO ORDINARIO - DOMINGO XXVIII
Is. 25, 6-10: "El Señor… ofrecerá a todos los pueblos, sobre esta montaña, un banquete de manjares suculentos… de vinos añejados… Él arrancará, sobre esta montaña, el velo que cubre a todos los pueblos… Destruirá la muerte para siempre… Y se dirá aquel día: «Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación… ¡Alegrémonos y regocijémonos de su salvación!»…"
Sal. 22: "El Señor nos prepara una mesa de alegría".
Flp. 4, 12-14.19-20: "Yo… estoy plenamente acostumbrado a todo... a tener de sobra y a no tener nada. Todo lo puedo en aquel que me da su fuerza. Con todo hicieron bien al interesarse por mí. Dios los colmará generosamente en todas sus necesidades, conforme a su riqueza en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, sea la gloria por siempre. Amén".
Mt. 22, 1-14: "Jesús habló… a los fariseos diciendo: «El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Envió a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores… Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación y se fueron… y los demás maltrataron a los servidores o los mataron… El rey se indignó y envió sus tropas… Luego dijo a sus servidores: “…los invitados no eran dignos… Salgan a los… caminos e inviten a todos…” La sala nupcial se llenó… Cuando el rey entró… encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” El otro calló. El rey dijo a los guardias: “Átenlo… y arrójenlo fuera… Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”»."
La Vida de Dios es una fiesta compartida ¡y es para todos, buenos y malos! Todos están invitados, sólo se la pierden los que no aceptan entrar o los que entran pero siguen igual que antes. El Rey pide que se respete una norma: convertirse, revestirse de Él; ¡no destruir la fiesta!
También hoy nosotros, todos, somos invitados. No despreciemos los dones de Dios.
La imagen del banquete y de la fiesta, como relación de Dios con nosotros, es común en la Biblia, pero Dios quiere una fiesta que dignifique a todos, y no cualquier fiesta que degrade.
El deseo de Dios es que todos vivamos su fiesta del triunfo de la vida, que la disfrutemos en serio; pero es imposible disfrutar los dones de Dios con actitud egoísta o descuidada, como si nadie mereciera respeto, ni quien nos invita. Dios es generoso en todo ¿y nosotros?
Prepararnos bien a la fiesta es respetarla y adelantar ya la emoción gozosa de la misma.
La Eucaristía es la gran fiesta de la boda del Hijo de Dios con su Iglesia, con la humanidad. ¿Nos preparamos? o ¿vamos de cualquier manera o ni siquiera vamos o creemos que no tiene ninguna consecuencia, ni antes ni durante ni después? ¿Valoramos los dones de Dios?
El poder de Dios es misericordia, salvación y alegría para todos, también para nosotros
El profeta habla de cosas humanamente imposibles a un pueblo aplastado, pero les anuncia que la mano poderosa del Señor hace maravillas. La montaña es Sión, los pueblos son la humanidad, Dios nos llama a la fiesta de la Vida Nueva, dolor y muerte desaparecerán.
Hoy la mano de Dios se posa sobre toda persona y ofreciendo Salvación. ¡Respondamos!
Cuanto más abiertos estemos a los hermanos, más dispuestos viviremos a los dones de Dios.
La apertura disponible al Evangelio prepara a Pablo para todo: lo agradable y lo desagradable. No necesita más que lo que Dios le ofrece: Él le cuida bien y lo hace apto para todo y para todos. Los dones de Dios son para nuestra libertad, no respuesta a nuestra bondad.
Pablo se alegra por lo recibido en prisión e invita a la apertura generosa, a compartir el dolor y necesidades del hermano: esto nos abre a la oferta inmensamente generosa de Dios.
No necesitamos se justos para intimar con Dios, pero sí aceptar revestirnos de su Vida y Paz
Jesús nos dice que Dios nunca deja de llamarnos, gratuitamente, a su fiesta. Nuestra respuesta nos define: expresa quiénes somos frente a Él. Él nos llama, ¿le elegimos nosotros?
Todos estamos invitados al banquete, pero con una condición para participar. ¿Cuál? Llevar el vestido de fiesta: asumir como propia la vida de Cristo; no hacerlo es despreciarlo.
Pidamos a María aceptar y vivir la Vida que Cristo nos ofrece, en cada Misa, para todos.
