Nicolás C.A. Antezana Abarca
El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, generosidad,
bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo.
(Gálatas 5:22-23)
Dominio. (Del lat. dominĭum). 1. m. Poder que alguien tiene de usar y disponer de lo suyo.
El Dominio de Sí Mismo, en su más pura acepción, comienza al producirse la iniciativa personal, bien sea de contenerse, bien de abstenerse, precisamente cuando el individuo no actúa otra fuerza que le solicite, sino la de su propio juicio.
La palabra original es enkráteia (de enkracéo: «soy dueño, domino») o de sophrosyne (de sophroneo. "no soy sabio, moderado, continente» (Platón, República, 1V, 430-431 b). Aristóteles (Ethica Nicomachea, 11, 7. 111, 13). Es el espíritu que ha dominado sus deseos y la búsqueda del placer. Se usa de la disciplina del atleta (1Co 9:25) y del dominio del sexo que caracteriza al cristiano (1Co 7:9). Es la virtud de la persona que la hace tan dueña de sí que la capacita para servir a los demás.
Varios concepto están estrechamente implicados para designar la moderación con que el cristiano debe controlar su vida, utilizar los bienes materiales y de manera especial la comida, la bebida (Ef 5.18; 1 Ti 3.2s) y los apetitos sexuales (1 Co 7.9; 1 Ti 5.14). La templanza es el término que más se aproxima a esta significación.
Para terminar de hablar de los frutos del espíritu nos encontramos con este concepto, nada simple, y menos sencillo de llevar a cabo, el dominio de sí mismo, la templanza.
La raíz griega, para templanza, da a entender refrenamiento de sí mismo en cuanto a deseos y concupiscencias. Es el hábito que pone por obra el orden interior del hombre, dado que a partir del pecado original hay una tendencia a amarse a sí mismo más que a Dios. Su efecto en el alma es una paz profunda. La templanza se manifiesta en distintas formas: La modestia inclina a la persona humana a comportarse correctamente en lo exterior e interior, por ello afecta al vestido, al modo de tratar a los demás, etc. La templanza es fruto del Espíritu, pero hay que adquirirla en la lucha y mediante el ejercicio.
Dentro de la Teología católica se cataloga la Templanza como la virtud que se opone a la Gula, y dice Wikipedia “[que es] Moderación en la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad.”
Las Escrituras citan varias veces el dominio de sí mismo, o templanza, como una característica del hombre justo, en el libro de Samuel se relata la ocasión cuando David y sus hombres necesitaban alimento y no encuentran otro que los panes sagrados del altar, y allí el sacerdote responde al requerimiento de David de esta manera: “No tengo pan común a la mano, solamente tengo pan sagrado; pero lo daré si los criados se han guardado a lo menos de mujeres.” (1Sa 21:4), dando a entender claramente si han mantenido dominio de sí mismos y de sus impulsos sexuales, en otro lugar de la Biblia, dice: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mat 7:13-14), para muchos es fácil justificar sus errores y caídas con frases simplonas tales como “todo el mundo lo hace”, “soy joven”, “tengo derecho”... pero como lo dicen los párrafos introductorios de este texto, el dominio de uno mismo no es solo en el aspecto sexual
Uno de los aspectos en los cuales la Biblia es recurrente al hablar de la templanza, se refiere al tema de la bebida, allí podemos citar lo siguiente: “El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora, Y cualquiera que por ellos yerra no es sabio.” (Pro 20:1), “No estés con los bebedores de vino, Ni con los comedores de carne.” (Pro 23:20), “Para los que se detienen mucho en el vino, Para los que van buscando la mistura.” (Pro 23:30), “No dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro.” (1Ti 3:3)
Y en relación a los hombres que han elegido servir a Dios, Pablo recomienda: “Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas.” (1Ti 3:8)
Las recomendaciones a las mujeres en cuanto a su templanza, honestidad y honorabilidad son muchas, desde el Elogio a la Mujer Virtuosa (Pro 31:10-31), continuando con múltiples citas: “Las mujeres asimismo sean honestas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo.” (1Ti 3:11), “Quisiera, pues, que estuvieseis sin congoja. El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer. Hay asimismo diferencia entre la casada y la doncella. La doncella tiene cuidado de las cosas del Señor, para ser santa así en cuerpo como en espíritu; pero la casada tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos lazo, sino para lo honesto y decente, y para que sin impedimento os acerquéis al Señor.” (1Co 7:32-35); estos textos de Pablo son suficientemente explícitos como para requerir explicación… el dominio de Sí mismo en la soltera la lleva a servir a Dios, y a la casada a agradar a su marido, de igual manera el hombre casado debe corresponder de la misma manera… “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.” (Efe 5:31); y más adelante, nos dice: “No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena.” (Sir 18:30) y “Enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tit 2:12)
Puede resultar que a veces pensemos o sintamos, que nuestra falta Dominio de nosotros mismos nos impide seguir adelante, cargamos con los errores del pasado, las incontinencias, la falta de dominio y nuestras culpas por ello, tenemos dos alternativas, además de la falta de dominio, tomar nuestro orgullo como bandera e intentar justificarnos, o entender que precisamente “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.” (Rom 5:6), el evangelista lo dice con toda claridad “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” (Jua 3:17) y “nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el siglo presente” (Tit 2:12)
Para finalizar esta serie, debo señalar que el texto que hemos analizado en estos meses dice: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo.” (Gálatas 5:22-23); hay un detalle importantísimo allí, la cita dice: “El fruto del Espíritu es...” y no “Los frutos del Espíritu son...”, esto significa que este conjunto de virtudes y características son en su totalidad el Fruto del Espíritu, un todo... no solo una suma de partes … no es que un poco de amor, y otro poquito de bondad muestren nuestro fruto del Espíritu... sino que debemos (y podemos) mostrar un crecimiento en todos esos aspectos, cada día, en cada momento... quizás no sea fácil, quizás sea muy difícil... pero debemos seguir intentándolo.
La única manera que conozco de lograr dar los frutos del Espíritu es cada día recordando y viviendo lo que Cristo nos dijo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.” (Jua 15:4), “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.” (Col 3:17)
