Inmaculada Concepción de María

P. José Mª Domènech Corominas SDB

Gn. 3, 9-15.20:    "... Dios llamó al varón…: «¿Dónde estás?...» «He sentido tus pasos y he tenido miedo porque estoy desnudo...» «¿Quién te hizo conocer que estabas desnudo?»... «La mujer que me has dado como ayuda me dio el fruto el árbol y yo comí...» El Señor le preguntó...: «¿Por qué lo has hecho?»... Ella le contestó: «La serpiente...» El Señor-Dios dijo...: «...Él te aplastará la cabeza y tú le atacarás el talón»..."

Salmo 97:             "Canten al Señor un cántico nuevo, porque Él hizo maravillas"

Ef. 1, 3-6.11-12:  "Dios… nos eligió en Cristo, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprensibles ante Él por el amor... En Él hemos recibido nuestra herencia... "

Lc. 1, 26-38:        "...el ángel… le dijo: «...el Señor está contigo... No temas... Tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús... El Espíritu Santo vendrá sobre ti...» María respondió: «Soy la servidora del Señor: que se haga en mí según tu Palabra.»"

La vocación de María es la vocación de toda persona humana: ser grande como Dios

María es nuestra Madre, siempre pura, libre y atenta: ¡lista para aprender y servir!

En ella lo más importante y rico fue su vida y actitud interior: su serena docilidad.

Padres y educadores saben que sus hijos y educandos tienen predisposiciones para un modo de vida y para una determinada actividad o profesión. Deberán esforzarse por descubrir estas dotes naturales y tenerlas en cuenta para que cada uno sea orientado en la línea de su vocación. Por su lado, el adolescente, varón o mujer, deberá aprender a ser cada día más atento y fiel a su vocación y dócil a lo que se le ofrece. Fallar en eso es desorientar y perjudicar la propia vida.

También María tuvo su llamada, su vocación, de Dios, como la tenemos todos nosotros. Surge en lo más profundo del propio ser y pide una responsable y diaria respuesta personal.

Todos, varones y mujeres, estamos llamados a ser personas grandes, por eso Dios nos hizo libres. La primera decisión de la humanidad fue no fiarse de Dios y la consecuencia está ahí: guerra interior, insolidaridad y cobardía, constantemente reflejadas en nuestra sociedad.

El capítulo tercero del Génesis describe el problema de siempre: no reconocer el propio pecado y culpar a otros... Es decir, guerra general e incapacidad de superación del pecado. Ésta es una enorme tara que nos carcome, mostrando lo destructivo que resulta siempre el pecado.

Dios nos pensó, desde antes de la creación del mundo, para ser como Él en su Hijo Jesucristo

Nuestra vocación, nos dice Pablo, no es librarnos de los errores, sino ser hijos irreprensibles en Cristo. Dios nos conoce muy bien y nos sabe frágiles. Tendremos éxito, si humildemente reconocemos nuestros límites y errores y, convirtiéndonos, nos fiamos de Dios todos los días, pase lo que pase. Puede, sin duda, costar, pero nos llenaremos de paz y comprensión.

Se trata de buscar que Dios vuelva a ser el centro único de nuestra vida, así ésta se convierte en un canto nuevo por las maravillas de misericordia y redención de Dios en nosotros.

Es posible vivir esta experiencia de continua redención y glorificar así el nombre de Dios, pero sólo si vivimos en la sencilla libertad de María. Ella, Inmaculada desde el inicio de su existencia, se centró en Dios, humildemente disponible a lo que el Dios de la Vida quisiera.

Camino de Dios en la grandeza humana: dialogar con cada persona para que acepte ser ella

María se sabe limitada, indigna de las maravillas de Dios, pero acepta que el Señor tiene todos los derechos de libre disponibilidad en ella. Lo conoce bien y tiene experiencia de que sabe respetar la realidad objetiva de todos y también sabe potenciar lo bueno en lo limitado.

Dios puede hacer lo que quiera, pues todo lo que quiere está únicamente destinado al mayor bien de cada persona en su realidad concreta: pobre y frágil, pero siempre amada.

María nunca tuvo en su vida otro centro que no fuera Dios; nunca tuvo otro criterio que no fuera la gloria de Dios y el bien de los que vivían a su lado, como Dios se lo enseñaba cada día en su Palabra. Vivía la pureza del amor de Dios y de todos los bienes que de Él se derivan.

María, es la Inmaculada por la aceptación de la Voluntad de Dios de ella. Dios la preparó, para que viviera a cabalidad su vocación de maternidad divina y encontró en ella la perfecta respuesta de fidelidad y disponibilidad humilde, de oblación total, como la de su Hijo.

Pidámosle nos enseñe a vivir en conversión continua para ser fieles a nuestra vocación.


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