Jesús es la bendición de Dios a su Pueblo; Él nos llega por María, la Madre que medita con dócil sencillez la acción de Dios en la historia

P. José Mª Domènech Corominas SDB

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

Nm. 6, 22-27: “Así bendecirán a los israelitas… les dirán: «Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia… Que el Señor te… conceda la paz»… y Yo les bendeciré”.

Salmo 66: “El Señor tenga piedad y nos bendiga”.

Gal. 4, 4-7: “Cuando se cumplió el tiempo…, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la ley, para redimir… y hacernos hijos adoptivos… infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abbá!, Padre …ya no eres más esclavo, sino hijo y, por tanto, heredero por la gracia de Dios.”

Lc. 2, 16-21: “Los pastores fueron… y encontraron a María y a José con el niño en el pesebre… contaron lo que habían oído decir sobre el niño… María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón. Los pastores volvieron alabando y glorificando a Dios… Ocho días después, al circuncidar al niño, le pusieron el nombre de Jesús…”

Como Israel, nosotros conocemos al Señor a través de sus obras: experimentándolas, siempre y cuando no las manipulemos, ni en su destino ni en su significado, pues esto pervierte.

Dios siempre es bendición. Sólo quien está atento a la real Presencia de Dios, aun en lo más pequeño que acontezca, podrá gozar de su acción. Así lo vivió María desde el principio.

Hemos sido creados para ser, como Dios, bendición que rescata y enaltece lo mejor de todos

Éste es el contenido al que se refiere la bendición que el Señor pide se dé a su Pueblo. La claridad del rostro de Dios es la claridad de la conciencia que nos permite descubrir la constante Presencia Pro-vidente y Bene-factora del Dios de la Vida que, en su Amor, está presente en todos los repliegues de nuestra vida cotidiana. Él es eficiente, pero sin imposiciones.

Padre de toda vida, es fuente de toda maternidad. En Él aprendió María su maternidad humana, ¡y divina!, en la diaria meditación de la Palabra [hecha historia, acontecimiento cotidiano, transmisión escrita, proclamación en la asamblea] y en la oración constante, personal, conyugal, familiar, comunitario-sacramental. Así aprendemos a ser como Jesús: bendición viva.

Sólo conocemos a Dios en la vida compartida y comprometida en una subsidiaria solidaridad

A las personas, individual y/o socialmente, se las conoce sólo en la intimidad personal. No hay otro modo de conocer la materno-paterna sensibilidad de Dios. Así es la esencia de todo ser personal: divino, angélico o humano. Por eso Dios se hizo hombre en una familia.

Ante la presencia de Dios los humanos nos sentimos anonadados, sobrecogidos. Lo vivió María y todos los que han tenido algún contacto real con Dios. Él da contenido a nuestra vida, la llena de su grandeza y, así, nos hace bendición para todos y hasta para todo lo creado.

Su Presencia nos lleva a compartir. Nadie serio, objetivo y sensato, se cree bueno ni justo. Si nos invade la soberbia y juzgamos a otra persona, como si fuéramos mejores que ella, estamos ante un signo explícito (‘científico’) de que ignoramos al Dios verdadero y creamos nuestros propios ‘ídolos’, efímeros, engañosos y destructores de toda paz, de la interior y, por tanto, también de la exterior. Dios nos lleva a despertar lo bueno en todos ayudándoles a madurar.

Recibir con sencillez la Presencia de Dios nos hace bendición que da Vida y Paz al mundo

El salmo 66 nos invita a presentarnos ante Dios, deseando humildemente su bendición. En ella se nos salva de todo pecado confesado y recibimos alegría, paz y voluntad de alabanza.

La venida del hijo de María, fue preparada larga y pacientemente por Dios mismo desde que el hombre es hombre. Lo llama a vivir a Dios como a su “Abbá”, es decir, a ser Su hijo.

Pablo habla de la plenitud de los tiempos. ¿Qué significa esto? Que Dios siempre ha buscado hacernos vivir su Amor, para que lo podamos aceptar y asumir sin temores. Los sencillos fueron comprendiendo, abriéndose a los dones y promesas de su Señor. Dios se hizo uno de nosotros, en Jesús, Su Hijo encarnado, sin subyugarnos para, llegado el momento, llenar nuestra vida con la presencia de su Espíritu que estimula nuestra libertad hacia la aceptación de su santidad. Las maravillas de Dios son para todos. ¡Absolutamente nadie está excluido!

Sólo se necesita un corazón sencillo, como el de María, la madre atenta; como el de José, el padre creyente y justo; como el de los pastores, sencillos y dóciles testigos-misioneros.

María nos pide abrirnos con confianza al año que comenzamos y en él aprender a gozar y dar a todos la presencia de Jesús como lo que es: una bendición para la paz y felicidad.


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