Señor Jesús, manso y humilde.
Desde el polvo me sube y me domina esta
sed insaciable de estima,
esta apremiante necesidad de que todos me quieran.
...
Mi corazón está amasado de delirios imposibles.
Necesito redención.
Misericordia, Dios mío.
No acierto a perdonar,
el rencor me quema,
las críticas me lastiman,
los fracasos me hunden,
las rivalidades me asustan.
Mi corazón es soberbio.
Dame la gracia de la humildad,
mi Señor, manso y humilde de corazón.
No sé de dónde me vienen estos locos deseos de imponer mi voluntad,
eliminar al rival, dar curso a la venganza.
Hago lo que no quiero.
Ten piedad, Señor,
y dame la gracia de la humildad.
Gruesas cadenas amarran mi corazón:
este corazón echa raíces,
sujeta y apropia cuanto soy y hago, y cuanto me rodea.
Y de esas apropiaciones me nace tanto susto y tanto miedo,
¡infeliz de mí, propietario de mí mismo!
¿Quién romperá mis cadenas?
¡Tú gracia, mi señor, pobre y humilde.
¡Dame la gracia de la humildad...!
La gracia de perdonar de corazón.
La gracia de aceptar la crítica y la contradicción,
ó al menos de dudar de mí mismo cuando me corrijan.
Dame la gracia de hacer tranquilamente la autocrítica.
La gracia de mantenerme sereno en los desprecios,
olvidos e indiferencias;
de sentirme verdaderamente feliz en el silencio y el anonimato;
de no fomentar autosatisfacción de los sentimientos,
palabras y hechos.
Abre, Señor, espacios libres dentro de mí para que los puedas ocupar
Tú y mis hermanos.
En fin, mi Señor Jesucristo;
dame la gracia de ir adquiriendo paulatinamente
un corazón desprendido y vacío como el tuyo;
un corazón manso, paciente y benigno.
Cristo Jesús, manso y humilde de corazón,
haz mi corazón semejante al tuyo.
AMÉN
Padre Ignacio Larrañaga
